Basado en “Demandas de Reconocimiento y ofertas autoritarias. La etnicidad en la política” de Javier Protzel
A lo largo de nuestra historia republicana, los destinos de nuestro país han sido dirigidos por más gobernantes militares que civiles. Así pues, no nos extraña que entre algunos de los miembros de nuestras fuerzas armadas queden esas ansias de poder. Pero ¿por qué es que los militares accedieron al poder político? En cada uno de los casos a lo largo de nuestra historia, la intervención política de las Fuerzas Armadas se justificó a partir de diversas consideraciones coyunturales. Vacío de poder, incapacidad de los políticos, corrupción, amenazas internas o externas.
Sin embargo, hay cuestiones estructurales más de fondo:
Sin embargo, hay cuestiones estructurales más de fondo:
“[…] Un diagnóstico de la sociedad peruana definida como «ingobernable» y de los políticos como incapaces de asumir la representación de la «nación»; una percepción de sí mismos como un cuerpo ajeno a los males del país, único capaz de representar al «cuerpo de la nación» y, por tanto, «institución tutelar de la Patria»”[1].
Sobre este telón de fondo se entienden mejor los movimientos militaristas de nuestra historia republicana. Éstos tienen, entre otras, la característica de ser movimientos de oficiales porque el Ejército Peruano ha sido y es una institución que reproduce la discriminación social y étnica: los oficiales son blancos o mestizos y los soldados son indígenas. La procedencia andina de algunos de los gobernantes militares implicaba una cierta reivindicación étnica, lo cual solía irritar y desestabilizar a la clase dominante como se dio durante el gobierno del General Juan Velasco Alvarado.
La novedad del etnocacerismo es que intenta hacer de los licenciados y reservistas del Ejército Peruano su apoyo fundamental. Más aún, el término “reservistas” es equivalente al de “militante”.
La novedad del etnocacerismo es que intenta hacer de los licenciados y reservistas del Ejército Peruano su apoyo fundamental. Más aún, el término “reservistas” es equivalente al de “militante”.
“[…] Su forma de organización sigue estrictamente el canon castrense. Actividades de propaganda se desarrollan cual maniobras militares en barrios urbanos y comunidades rurales. Sus volantes y periódicos reiteran hasta la saciedad, como solución a cualquiera de los problemas que se analicen, la aplicación de un sumario código militar en el que abundan castigos disciplinarios y ejecuciones.” [2]Ahora bien, ¿quiénes son los militantes del etnocacerismo? No se requiere un arduo análisis para identificar a los seguidores del proyecto de los hermanos Humala. Podemos definirlos como: jóvenes varones, con una precaria educación, desempleados, provenientes de zonas semirurales y semiurbanas.
Ante un país en el que la vida se ha hecho un caos a causa de la delincuencia, la inaccesibilidad económica de la población y las marcadas desigualdades, no debería extrañarnos que una propuesta (radical) de orden y reivindicación sea aceptada tan fácilmente. “Es entonces que surgen los líderes elocuentes que se valen del pasado para inventar una identidad capaz de dar orgullo y saciar resentimientos” [3]
Si Sendero Luminoso apostó a afincarse entre los jóvenes que accedían a la universidad, los hermanos Humala quieren construir su movimiento en un sector que se encuentra casi excluido del país oficial [4]: los que han tenido que pasar por el servicio militar obligatorio -muchas veces mediante levas forzosas- o que vieron en el enrolamiento voluntario la única alternativa para escapar al desempleo y la pobreza.
Sin embargo cabe preguntarnos si militarizar la sociedad y reemplazar la política por el tutelaje de la fuerza armada es la solución a los problemas del país. Recordemos que en nuestra historia reciente esa idea fue la que inspiró los hechos violentos y lamentables cometidos por Sendero Luminoso.[5]
La reivindicación de identidades étnicas se ha expandido en el mundo contemporáneo. Hay quienes ven en esto una sana reivindicación de diversidad y pluralismo. Otros, una seria amenaza a la democracia y a los derechos humanos, en tanto estos movimientos convierten las diferencias en abismos insalvables. El caso de nuestros países vecinos, Ecuador y Bolivia, resulta ser un ejemplo cercano a nuestra realidad. Por un lado, Ecuador se ajusta a la primera visión planteada y Bolivia, a la segunda.
Pero, más allá de esa mirada global, debemos darnos cuenta de que hay una fuerte correlación entre la expansión de estos movimientos y el crecimiento de la desigualdad y la exclusión. Y que, no son los excluidos quienes alzan la voz de protesta. Son aquellos “miembros del sistema” como los hermanos Humala quienes, tal vez, puedan ser vistos como abanderados de la solidaridad. Sin embargo, considero que sólo la usan para que su voluntad de poder no quede tan escandalosamente expuesta. ¿Pretenden acaso “ser la voz de los que no tienen voz”? [6]
Si al cruzar una luz roja [7], me presento al policía de tránsito como Juan Román, estoy indicando que me comportaré como ciudadano y espero un trato similar del policía. Pero si me presento como amigo del hijo del Ministro del Interior (que estudia conmigo), le estoy proponiendo un juego estratégico. Eso es lo que sucede en el caso de los hermanos Humala. Están colocando por delante la identidad étnica. Dado que la lucha de clases no funcionó [8] con los movimientos de izquierda, ellos apelan a argumentos que escapan a la política e historia actuales. Los Humala tratan de fundar una colectividad en raíces propias de cada individuo de manera que ninguna fuerza del presente pueda siquiera cuestionar la unidad del grupo racial. ¿Cómo convencer a un cobrizo (con su propia manera de ver el mundo) de que no lo es?
Ahora bien, esto resulta un tanto peligroso por cuanto asumirse como un individuo con diferencias esenciales (insalvables) con sus contemporáneos, niega la posibilidad de diálogo. Como se menciona en el texto base, “se recusa la negociación y el diálogo como prácticas políticas y se reemplazan por posiciones de fuerza” [9].
Basta revisar las páginas del periódico “Antauro” (antes llamado “Ollanta”) publicación del movimiento etnocacerista, en el que se nos propone una condena radical al sistema actual (sus políticos e instituciones), la idealización del estado Inca (se desea volver a ese sistema) [10], la afirmación de la nación como valor supremo (de ahí deviene el sustento del concepto “nacionalista”) y del Ejército como la institución más importante y la condena xenofóbica y homofóbica.
En una época en el que la globalización ha adquirido rasgos agresivos, no es casual que movimientos como el de los Humala, salgan a flote aprovechando la coyuntura. Un primer recurso idealista de este grupo se expresa en la figura del ex presidente Andrés Avelino Cáceres. Un pésimo presidente que reestableció el tributo indígena en 1886 que provocó la rebelión de los indígenas a quienes sofocó violentamente. Él fue quien firmó el contrato Grace, uno de los actos más entreguistas de toda nuestra historia; fundó un partido que estaba a la derecha del civilismo y, ante los intentos de perdurar más allá de su mandato, tuvo que ser derrocado por una insurrección popular en 1895. Es curioso, pues, que se recurra a una figura tan contradictoria para fundar un movimiento político que pretende reivindicar la equidad, el nacionalismo y la lucha contra la corrupción. En todo caso, es la primera vez que esto sucede.
Pero vayamos más allá. El movimiento etnocacerista no sólo engaña a sus militantes con la historia del “Cáceres vencedor y representante del poderío peruano frente al invasor (enemigo) chileno”, se vale de otros símbolos y recursos “prestados”. Inicialmente, como hemos planteado en líneas anteriores, reconstruye la historia de un modo tan irracional que fuerza la historia para que lo castrense converja con lo incaico. Luego, se apropia de todo aquello que, a pesar de no tener estrecha relación con sus ideas, nutre al movimiento y refuerza su idea de distinguirlo del sistema. Son símbolos prestados e improvisados pero que conmueven a su destinatario. Finalmente, con todos esos elementos bajo el brazo, congrega a grupos dispersos (aquellos individuos segregados, rechazados por el sistema) para venderles la idea de la reivindicación social y la vuelta al sistema incaico.
Pero, más allá de esa mirada global, debemos darnos cuenta de que hay una fuerte correlación entre la expansión de estos movimientos y el crecimiento de la desigualdad y la exclusión. Y que, no son los excluidos quienes alzan la voz de protesta. Son aquellos “miembros del sistema” como los hermanos Humala quienes, tal vez, puedan ser vistos como abanderados de la solidaridad. Sin embargo, considero que sólo la usan para que su voluntad de poder no quede tan escandalosamente expuesta. ¿Pretenden acaso “ser la voz de los que no tienen voz”? [6]
Si al cruzar una luz roja [7], me presento al policía de tránsito como Juan Román, estoy indicando que me comportaré como ciudadano y espero un trato similar del policía. Pero si me presento como amigo del hijo del Ministro del Interior (que estudia conmigo), le estoy proponiendo un juego estratégico. Eso es lo que sucede en el caso de los hermanos Humala. Están colocando por delante la identidad étnica. Dado que la lucha de clases no funcionó [8] con los movimientos de izquierda, ellos apelan a argumentos que escapan a la política e historia actuales. Los Humala tratan de fundar una colectividad en raíces propias de cada individuo de manera que ninguna fuerza del presente pueda siquiera cuestionar la unidad del grupo racial. ¿Cómo convencer a un cobrizo (con su propia manera de ver el mundo) de que no lo es?
Ahora bien, esto resulta un tanto peligroso por cuanto asumirse como un individuo con diferencias esenciales (insalvables) con sus contemporáneos, niega la posibilidad de diálogo. Como se menciona en el texto base, “se recusa la negociación y el diálogo como prácticas políticas y se reemplazan por posiciones de fuerza” [9].
Basta revisar las páginas del periódico “Antauro” (antes llamado “Ollanta”) publicación del movimiento etnocacerista, en el que se nos propone una condena radical al sistema actual (sus políticos e instituciones), la idealización del estado Inca (se desea volver a ese sistema) [10], la afirmación de la nación como valor supremo (de ahí deviene el sustento del concepto “nacionalista”) y del Ejército como la institución más importante y la condena xenofóbica y homofóbica.
En una época en el que la globalización ha adquirido rasgos agresivos, no es casual que movimientos como el de los Humala, salgan a flote aprovechando la coyuntura. Un primer recurso idealista de este grupo se expresa en la figura del ex presidente Andrés Avelino Cáceres. Un pésimo presidente que reestableció el tributo indígena en 1886 que provocó la rebelión de los indígenas a quienes sofocó violentamente. Él fue quien firmó el contrato Grace, uno de los actos más entreguistas de toda nuestra historia; fundó un partido que estaba a la derecha del civilismo y, ante los intentos de perdurar más allá de su mandato, tuvo que ser derrocado por una insurrección popular en 1895. Es curioso, pues, que se recurra a una figura tan contradictoria para fundar un movimiento político que pretende reivindicar la equidad, el nacionalismo y la lucha contra la corrupción. En todo caso, es la primera vez que esto sucede.
Pero vayamos más allá. El movimiento etnocacerista no sólo engaña a sus militantes con la historia del “Cáceres vencedor y representante del poderío peruano frente al invasor (enemigo) chileno”, se vale de otros símbolos y recursos “prestados”. Inicialmente, como hemos planteado en líneas anteriores, reconstruye la historia de un modo tan irracional que fuerza la historia para que lo castrense converja con lo incaico. Luego, se apropia de todo aquello que, a pesar de no tener estrecha relación con sus ideas, nutre al movimiento y refuerza su idea de distinguirlo del sistema. Son símbolos prestados e improvisados pero que conmueven a su destinatario. Finalmente, con todos esos elementos bajo el brazo, congrega a grupos dispersos (aquellos individuos segregados, rechazados por el sistema) para venderles la idea de la reivindicación social y la vuelta al sistema incaico.
Por todo lo planteado anteriormente, podemos concluir que el término utopía anacrónica es, en efecto, válido para designar al proyecto etnocacerista de los hermanos Humala. Sin embargo, deseo leer este asunto entre líneas.
Considero que, más allá de los peligros del etnocacerismo en caso llegase al poder, el cúmulo de mensajes y mensajeros de las mismas (“El mensajero es el mensaje”[11]), constituyen un nuevo síntoma de las graves consecuencias de desigualdad y exclusión de nuestro país. No sólo se trata del desempleo, la pobreza y la corrupción. Se ha perdido la identidad colectiva. Los sectores más pobres ya no se unen para enfrentarse y negociar con el poder; por lo tanto, no construyen su ciudadanía y se hacen objetos de exclusión. Y esto no sólo se da en los sectores más necesitados. Como mencionaba el diario El Comercio el día jueves 25 de mayo en su sección “Buenos Días”, vivimos en una sociedad en la que ya no sabemos quién es la persona que vive al lado de nuestra casa o el “vecino” que duerme en la puerta contigua de nuestro departamento. Nosotros mismos vivimos esa carencia de identidades sociales. Pensemos pues que, si nosotros (sector “privilegiado” de la sociedad peruana) no sabemos lidiar con esa carencia, mucho menos capacitados (en materia intelectual y de recursos) están quienes viven en la pobreza. Finalmente, afirmo que hasta que las brechas sociales no se hayan disminuido, propuestas como las del movimiento etnocacerista seguirán apareciendo y, lo que es peor, serán más aceptadas.
[1] CÁCERES VALDIVIA, Eduardo. “Los fantasmas del etnocacerismo”. Página 2. En <www.desco.org.pe/publicaciones/qh144/qh144ec.doc> [2] CÁCERES VALDIVIA, Eduardo. “Los fantasmas del etnocacerismo”. Página 5. En <www.desco.org.pe/publicaciones/qh144/qh144ec.doc> [3] PROTZEL DE AMAT, Javier. “Demandas de Reconocimiento y ofertas autoritarias. La etnicidad en la política”. Página 20. [4] Del cual, quienes tenemos acceso a la educación universitaria, somos parte. [5] Véase: página 100 de la Versión Abreviada del Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación Nacional. Primera Parte: Capitulo 2 (Equivalente al Capítulo 1, Tomo II del Informe Final de la citada Comisión) [6] Paul Claudel [7] Esta idea la extraje del texto desarrollado por Eduardo Cáceres Valdivia. [8] En base a la pregunta del texto consultado: “[…] ¿Es solo un conjunto de media events o suple las carencia de izquierdas clasistas?” [9] PROTZEL DE AMAT, Javier. “Demandas de Reconocimiento y ofertas autoritarias. La etnicidad en la política”. Página 19. [10] Aquí uno de los primeros indicadores del “anacronismo” [11] Julio Cotler






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